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De la economía a la teología del mercado: Milei en Davos y la moral como sustituto de la evidencia

En su discurso ante el Foro Económico Mundial, Javier Milei desplazó el debate sobre las fallas reales del mercado hacia una retórica moral y casi religiosa. Al blindar al capitalismo con argumentos éticos, evitó discutir un dato central de la teoría económica contemporánea: que los mercados son estructuralmente imperfectos y requieren correcciones institucionales.
Artículos22/01/2026Alejandro CarranzaAlejandro Carranza
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Imagen de presidencia de la Nación

El discurso del presidente Javier Milei en el Foro Económico Mundial de Davos 2026 no fue simplemente una defensa del liberalismo económico. Fue una operación discursiva más ambiciosa: un intento deliberado de desplazar el debate económico desde el terreno de la evidencia empírica hacia el terreno de la moral normativa. En esa maniobra retórica se juega una clave central del mensaje: la necesidad de introducir la “superioridad moral” del mercado como argumento para no abordar un dato ampliamente aceptado por la teoría económica contemporánea —incluso por corrientes liberales moderadas—: la imperfección estructural de los mercados.

Desde el inicio, Milei construye un marco binario. Según su razonamiento, o se adopta un sistema basado en la propiedad privada, el mercado libre y la no intervención estatal —al que califica como éticamente justo y dinámicamente eficiente— o se cae en esquemas intervencionistas intrínsecamente corruptos, ineficientes y moralmente reprobables. Esta estructura no solo reduce artificialmente el campo de alternativas (un falso dilema clásico), sino que prepara el terreno para una sustitución conceptual: allí donde deberían discutirse fallas de mercado, externalidades, asimetrías de información o bienes públicos, se introduce una discusión moral sobre derechos naturales, justicia y ética.

La operación es transparente: si el mercado es “moralmente justo por definición”, entonces cualquier crítica a su funcionamiento deja de ser un problema técnico o empírico y pasa a ser un ataque ideológico o ético. En ese desplazamiento se diluye la cuestión central que Milei evita enfrentar: los mercados reales no son mercados teóricos. No operan en condiciones de competencia perfecta, no distribuyen información de manera simétrica y no internalizan automáticamente los costos sociales de sus transacciones. Esto no es una tesis socialista ni estatista: es un punto de partida compartido por la economía neoclásica, la economía institucional y buena parte del liberalismo regulacionista.

Moral contra evidencia
El discurso de Milei en Davos reemplaza la discusión técnica sobre fallas de mercado por una narrativa ética y casi religiosa. Al presentar al mercado como “moralmente justo por definición”, convierte toda crítica empírica —monopolios, acuerdos anticompetitivos, crisis financieras o externalidades ambientales— en una supuesta herejía ideológica. La imperfección del mercado deja así de ser un problema económico a corregir y pasa a ser un pecado conceptual que no merece debate.

En lugar de abordar ese problema, el presidente opta por blindar al mercado con una coraza moral. Al apoyarse en Locke, Ulpiano, Rothbard y Huerta de Soto, Milei construye un linaje intelectual que presenta al capitalismo de libre empresa no solo como el sistema más eficiente, sino como el único sistema legítimo desde el punto de vista ético. Sin embargo, esta estrategia incurre en una confusión conceptual de fondo: mezcla sin distinción planos normativos (lo que “debería ser”) con planos descriptivos (lo que efectivamente “es”). Que la propiedad privada pueda ser defendida como un derecho moral no implica que los mercados concretos que operan bajo ese principio funcionen sin distorsiones, abusos de poder o fallas estructurales.

Aquí aparece el núcleo del problema argumentativo. Milei no refuta la existencia de fallas de mercado; las niega por definición. Cuando afirma que “no existen fallas de mercado” y que toda intervención es “dinámicamente ineficiente”, no está ofreciendo una demostración empírica, sino una declaración doctrinaria. La imperfección del mercado —evidente en monopolios, acuerdos anticompetitivos entre grandes empresas, crisis financieras recurrentes o daños ambientales masivos— queda desplazada por una afirmación moral: si algo surge del intercambio voluntario, entonces es justo; si es justo, entonces no puede ser defectuoso en términos relevantes.

Este razonamiento roza la circularidad. El mercado es justo porque respeta derechos naturales; y los derechos naturales se definen, a su vez, por un orden social que solo el mercado libre puede garantizar. En ese círculo lógico, toda crítica queda neutralizada antes de formularse. No hay lugar para preguntar si determinados resultados de mercado son socialmente dañinos, porque cualquier daño es reinterpretado como un efecto colateral legítimo de un sistema moralmente superior.

El contraste con la tradición liberal clásica es llamativo. Adam Smith —invocado en el discurso— nunca sostuvo que los mercados fueran moralmente puros ni autorregulados de manera perfecta. Al contrario, advirtió sobre la tendencia de los empresarios a coordinar precios y restringir la competencia, sobre los abusos de poder económico y sobre la necesidad de reglas institucionales para que la competencia funcione. Incluso Friedrich Hayek, referente del liberalismo contemporáneo, reconocía la existencia de externalidades y la legitimidad de ciertas intervenciones estatales mínimas para corregir distorsiones.

En Davos, sin embargo, Milei elige otra vía: convierte una posición ideológica radical en una verdad moral incuestionable. Al hacerlo, desplaza el debate desde la economía hacia la ética, pero no para enriquecerlo, sino para clausurarlo. Si el mercado es “el único sistema justo”, entonces discutir su imperfección equivale a cuestionar la justicia misma. Es un movimiento retórico eficaz, pero intelectualmente problemático.

La paradoja final es que el propio discurso incurre en aquello que pretende rechazar. Aunque Milei afirma oponerse al utilitarismo, gran parte de su argumentación descansa en premisas utilitaristas: el mercado genera más crecimiento, más bienestar y más prosperidad. Pero cuando esas promesas chocan con datos incómodos —crisis, desigualdades extremas, degradación ambiental— el registro cambia: ya no se trata de resultados medibles, sino de principios morales abstractos. La moral aparece así no como un complemento del análisis económico, sino como un sustituto de la evidencia.

El remate del discurso termina de confirmar este corrimiento desde la economía hacia la moral. Milei cierra su intervención apelando a la leyenda bíblica de Moisés y las plagas que castigaron a Egipto, una metáfora en la que los pueblos que se resisten a “liberar” la economía quedan asimilados a un faraón obstinado que debe ser disciplinado por fuerzas superiores. No es un cierre técnico ni programático: es un cierre teológico-político. En lugar de concluir con datos, metas macroeconómicas o diagnósticos comparados, el Presidente opta por una imagen de castigo moral y redención, que convierte al mercado en una especie de mandato trascendente y a sus críticos en pecadores que se oponen al orden natural.

Este recurso no solo subraya el tono moralista del discurso, sino que lo lleva un paso más allá: ya no se trata simplemente de que el mercado sea eficiente o ineficiente, sino de que es “bueno” o “malo” en un sentido casi religioso. En ese marco, la imperfección del mercado deja de ser un problema económico a corregir y pasa a ser una herejía conceptual: si el mercado es justo por definición, entonces toda falla observable no es una falla del sistema, sino una falta moral de quienes lo interfieren o no creen lo suficiente en él.

Así, el discurso de Davos no solo evita enfrentar la imperfección estructural de los mercados reales: la sacraliza negativamente. La transforma en un problema de fe, no de política económica. Y al hacerlo, confirma que la introducción de la moral —y ahora también de la alegoría bíblica— no opera como un enriquecimiento del análisis, sino como un sustituto retórico de aquello que no se quiere discutir: que ningún mercado existente en el mundo funciona como el modelo ideal que Milei defiende, y que negar esa imperfección no es una posición técnica, sino una decisión ideológica revestida de épica moral.

El riesgo es la clausura del debate democrático. No se puede negociar con un "derecho natural" de la misma forma que se negocia una tasa impositiva, una regulación ambiental o un monopolio.
 

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Alejandro Batista
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Profesor en la Especialización en Blockchain, Blockchain, Smartcontracts y Criptocurrency, en Blockchain y la Transformación Digital de la Sociedad 2021, y en Startups, Entrepreneurship y Fundraising Law en ADEN
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